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sábado, 12 de enero de 2008

Confesiones 5

En el Ámbar
Parte V – La Cresta del Día
(Donde se producen importantes revelaciones sobre la velocidad del aparato)



Me condujo a una de las esquinas de la habitación. En ella destacaba un cuadro con un atardecer intenso. Al acercarme fui viendo como el óleo presentaba pequeños cambios en la configuración de sus nubes. Sin duda era un excelente efecto de luz, excepto que a medida que me acercaba, la único brillo que existía en la habitación parecía salir exclusivamente de aquel marco que yo imaginaba iluminado. Paso a paso, me acerque con cautela hasta ver que mi respiración empañaba un cristal. Al bajar la mirada, observe como rebasábamos en extrema velocidad, cordilleras, mares, castillos, colinas y ciudades. Por encima, las nubes se deformaban dramáticamente hasta deshacerse o cambiar de curso. Lamenté haber pensado los cuerpos de la cama con el movimiento de los continentes. Si había algo que merecía la palabra orgía era esta yuxtaposición de paisajes. El fondo del cielo en cambio, permanecía congelado en la misma tonalidad anaranjada como si la propia atmósfera del planeta fuera sólo una habitación de ámbar mejor provista que la que desmantelamos camino a Berlín. Volví la vista a Miss pero no sabía qué preguntarle. Como siempre, se me adelantó con una respuesta y una copa.

- No me mire así, que usted "sabe" que estamos en movimiento.

Mire el agua de la copa tratando de ordenar mis ideas. Pero sólo requería algo de imprudencia para lanzar una teoría.

- Entonces, ¿sus "huespedes" no sabían que esto estaba dentro de un avión en movimiento?
- ¿Y? ¿Cual es el problema? Hay cruceros que simulan salir al mar sin salir. Nosotros éramos un avión simulando ser una suite.
- Bueno, pero podrían haber armado esto en tierra?
- No es tan simple
- ¿Para qué necesitan moverse sin saberlo?
- En realidad, estamos en la misma posición. ¿Ve que no hay cambios en el cielo?
- Pero igual, nos estamos moviendo. ¿No es así?
- Si.
Con lentitud dejé la copa en la mesa. Quería constantar que en efecto, mi brazo se movía hasta cierto lugar y que mi mano desplegaba sus dedos para dejar el cristal sobre la madera. Entonces pregunté otra vez.

- ¿A qué velocidad viajamos?
- Mas o menos a 1500 km por hora.
- Igual que…
- …la rotación del planeta. Nosotros sí nos movemos con el día
- Otra vez
- Para un reloj en funcionamiento nosotros estaríamos viajando durante 4 horas. Pero como vamos a la par con la cresta de luz todavía son las 5:55 am. Y, esto fue lo que descubrimos, lo mismo vale para su cuerpo y para todo lo que esta aquí, ¿O cómo cree que luzco así a mis 87 años de edad...Bueno, esta bien, 94 años

- Entonces lo que ofrecían a sus clientes era
- Un espacio de tiempo congelado.
- la habitación Ámbar...los fósiles...

Estaba pensando en voz alta y con poca claridad. Voltee una vez mas a ver el paso fugaz de montañas y reinos. Tenía una pregunta más que hacerle, pero el piso de madera salto contra mi rostro como si fuera el can celoso de una mujer hermosa. Mientras mi vista se nublaba, oí una risita maternal.

Confesiones 4

En el Ámbar
Parte IV – Huéspedes
(Donde el viajero percibe cosas inusuales sobre el paso del tiempo)

Sin tocar su obra, Vera acerca sus manos sobre la alcoba. Los acerca como si quisiera cobrar calor de una chimenea cuya vibración – de esto ya me convencí- ya no depende de sus cuidados para reproducirse. A pesar de ello, todavía encuentro precario el equilibrio de todo el mecanismo. Quizá, como con los cuadros, requerirán por lo menos de un observador para atizar el fuego. En todo caso, tendría que quedarme más tiempo del que dispongo para salir de tales dudas.

- ¿Hace cuanto que no tienen pasajeros?
- En realidad, usted es nuestro primer pasajero. Antes teníamos huéspedes
- ¿Pero entonces qué les paso? ¿Mantener el “entretenimiento” era más caro que el funcionamiento del avión? ¿Sabe? aunque esto debe haber sido una experiencia placentera para viajar, yo creo que
- En realidad, nuestros huéspedes no pagaban por “viajar aquí”. Venga conmigo, ahora le explico.


Mientras camino con ella, miro mis manos otra vez. Deben haber pasado cuatro horas. Pero mi reloj parece haberse quebrado justo en el momento del despegue. Aun así, siento como muy recientes aquellas marcas de nudos que me hice para repasar los pasos del paracaídas. No es tan simple como contar y jalar del cordón. Todo lo que se hace en el vacío requiere precisión. En todo caso, el fantasma de esos hilos también mantiene a raya mis falanges ansiosas de escaparse de las manos. Es de mala educación tocar las pinturas, incluso cuando de alguna manera se está dentro de éstas.

Confesiones 3

En el Ámbar:
Parte III - La relación

(Dónde la señorita Miss provee primeras explicaciones sobre su relación con el aparato)



Compartiendo conmigo sus lentes de opera, Vera Miss deja escapar humo de su cigarrillo mientras mira con satisfacción aquella escena que parece prolongarse sin ningún tipo de insumo. De repente, convierte una llamarada en una frase con sentido.

- Una tiene que calcular el movimiento del fuego. ¿Tu me comprendes? No basta frotar piedritas para salir de las cavernas.

Se detuvo para respirar. Hablaba demasiado rápido como comprimiendo sus palabras. Frecuentemente las dejaba descalzas al eliminarles cualquier S final. No obstante, cuando los anglicismos aparecían, su pronunciación era tan impecable como la carne de un maniquí. A su diestra, un cuadro con un cielo naranja y pesadas nubes pálidas parecía proyectar sobre ella una aura luminosa como la de vaho de templo populoso. La ausencia de ventanas en la alcoba, sin embargo, sólo me permitían atribuir tal brillo a algún complicado espejismo concertado entre la punta encendida del cigarrillo y alguno de los atardeceres de las pinturas de la habitación. Tras revolverlo todo en otra bocanada, siguió explicándose.

- Mira aquí empezamos con sólo seis “cuerpos”.Ahora ninguna secuencia se repite. Hasta salen nuevos individuos…llegamos a tener 20 a 25 sin excederse de la alcoba y cuando es demasiado van reduciendose… Si usted gusta, podría preguntarles sus historias o como llegaron hasta aquí. Te aseguro que cada uno te cuenta algo diferente…”Oh María, Esto no es lo que crees”
- Yo los veo muy ocupados como para conversar.
- Sólo si usted no interviene. Si no, no le prestan atención a nada, como con la mancha de champaña.
- Y su “relación” con todo esto es…?
-¿Relación?


Me sonrió como si tuviera un escote entre los dientes. Luego respondió

- Bueno, supongo que la mejor de todas. Se dedica tanto tiempo, formulando, ensayando, consiguiendo cada insumo para que se mueva el mecanismo... sí ahí no hay una relación, no se a qué se refiere. Claro que una vez que la criatura camina sola tu relación con todo esto es otra.... continua, pero es otra ¿Tu me comprendes?.
- Claro pero…
- Lo que tú quieres saber es si yo he salido de ahí o “entrado”. No es primera vez que me lo preguntan.


La punta de su zapato señalaba el caos de la cama, mas exactamente la boca abierta de una mujer mordiendo en vano una mano roja.

. No es “eso”. Es que me interesan las maquinas en general.

- ¿En serio?
- Sólo quisiera saber cómo empezó todo?


Volvió a fumar y miró los cuadros durante unos segundos. Luego intento armar alguna idea pero esta nunca salía de su boca con fluidez.
- Fíjate que no lo recuerdo. No se si empezamos con la caída de la botella, por allá. O si decidimos arrancar con la primera morena que se sentó en la cama. Quizás en la última pincelada al último cuadro o con una mezcla entre las tres cosas. Recuerdo que hicimos muchas pruebas, incluso simultaneas hasta que la rueda empezó a moverse por si sola, sin más inputs ¿Tú me comprendes?
- No basta inventar el fuego para salir de la caverna.
- Cuando vi que todo estaba bien-bien, me aseguré que nadie nos robara la idea.
- ¿Que fue lo que hizo?
- Me comí todas las notas, planos, todas las formulas, hoja por hoja.


Si esto era cierto o no, por lo menos ya sabía que no me contaría más. Igual ensayé una pregunta insolente.

- ¿Y a qué le supieron tantas ecuaciones?

Aqui pude haberme ganado una bofetada pero ella, sabiendo con quien hablaba, me dio la respuesta que merecía.

- A Piedras.


viernes, 13 de julio de 2007

Confesiones 2

En el Ámbar: Parte II
Detalle de la Estructura
(Breve mirada a un tercio del cuadro anterior)




Tensos dedos emergen sobre la superficie. Cómo cometa de caracol, un cuerpo le sigue flotando por la playa. Es diferente del último que se hundió bajo las sabanas entre aplausos y marcas. Es diferente en dimensiones y en las nuevas texturas de su disfraz. Es diferente también en el color de su sexo y en los ideogramas que agita su cabello. Ya debería rebalsarse de la tierra sin embargo es aquí donde el milagro empieza. Abierta a toda posibilidad, la mano sobrevuela el estanque sin dejar ondas visibles. Abajo, aquella carne tampoco le devuelve refracciones de si misma. Aun así, ya puede oler su ocaso a veinte pieles de distancia. Allá, producto de una ola que no recuerda, otra boca se aferra con uñas y dientes a la rama de una cadera azulada, ajena. Lucha por no ceder al caudal de su propia presencia contra otra. Su forcejeo, sin embargo, sólo crea nuevos patrones de la misma mordida en la piel del prójimo, encajes transformados en manchas sobre la tierra de la alcoba, piedras ruidosas sobre la corriente de una cabellera desnuda. De nada sirve acogerse a las palabras rotas que expulsan las bocas. De nada sirve buscar refugio en la cordillera que dejan las manos cuando estrujan la sabana. Cuando llega el instante, llega para quedarse. Entonces la rama se quiebra y el huracán levanta el ancla, arrancando manos y bocas por igual. El espasmo sacude continentes cercanos. Las olas transmiten hacia costas adyacentes la metáfora de la piel más allá de sí misma. En otra latitud, casi en otra cama pues esta crece sin crecer, un pie o unos labios emergen del mimbre por encima de la superficie. A estas nuevas aves, le seguirá otro cuerpo nuevo y diferente al que acaba de derrumbarse. Aleteará como los otros sobre esta nueva tierra sin saber la hora ni la boca en la que el mundo acaba o en la que llegue por fin a su fin

lunes, 9 de julio de 2007

Confesiones 1

En el Ámbar- Parte I
Las Tres Escenas

(Donde el Viajero da cuenta de la naturaleza delirante del aparato)

A tantas horas de vuelo, la ausencia de toda turbulencia me resultaba más inquietante que, por ejemplo, el paso por artillería antiaérea. No digo tampoco que todo estuviera quieto como en tierra pero había algo fuera de lugar en toda esta calma. Las arañas de cristal no se despegaron de su orbita. La flama temblaba con disciplina en el extremo de cada vela. Una cena sudorosa humeaba lista para un comensal que nunca llegaba. Incluso en el piso, una botella rota se vertía compulsivamente sin exceder los límites de un pequeño charco.

Debo confesar que mirando aquella forma jugué a anticipar las ondulaciones de mi paracaídas; recordé los caminos de un poema sobre la identidad de las manchas. Incluso fui asaltado por una inesperada emoción paternal esperando que esa ameba mueva sus pseudopodos en patrones cada vez más complejos. En realidad, era un esfuerzo para evitar poner la mirada en el epicentro de la diligencia.

En la cama, la carne y las sabanas también parecían verterse sobre si mismas indiferentes a la hemorragia del Chandon. También allí y a pesar de las posibilidades, su movimiento parecía ahogarse en algún tipo de callejón sin salida del cual brotaba otra solución que llevara a su vez, pero con piezas distintas, a la misma figura. Quizás eran variantes de una misma corriente liberándose de otra botella. O talvez se trataba de las partes rotas de un único cuerpo de vidrio llevado hasta su límite.

Alrededor de la alcoba, en las paredes y en los techos, una colección de cuadros se encontraban dispuestos como las lupas que las hormigas buscan en los hoteles para freírse. En el interior de los marcos se reproducía siempre alguna escena clásica, rostros asexuados y serenos, gestos y paisajes que se movían con una lentitud imperceptible. cómo la que hace que el paso del día a la noche nos tome por sorpresa aunque suceda frente a nuestros propios ojos.

- ¿Esta bien? Es la tercera vez que se vuelve a ponerse el cinturón de seguridad. De verás que no necesita hacer eso.
- ¿Estas segura que nos movemos?


Vuelvo a hacer una pregunta algo vergonzosa para alguien con tanta experiencia en vuelos. A pesar de ello, y siempre muy pendiente de mi perplejidad, la señorita Miss intenta tranquilizarme con pequeños comentarios sobre los “acabados” de la diligencia. Sin embargo, su sola presencia es tan delirante como el secreto del mecanismo que hace andar todo el aparato. Por momento tenía la impresión que llevaba lentes oscuros de aviador así como una exquisita dureza de facciones. Pero luego, como en una pelicula mal editar, la serenidad de su voz y sus maneras de aeromoza me hacían pensar que ella era en realidad dos o tres personas más. Debo añadir, aunque este no sea un rasgo en sí mismo, el contraste entre su piel brillante y aquel oscuro corsé en cuyo encaje pude leer las escenas que los locos recolectan en las manchas.

Se me ocurrió finalmente, que ella misma podría haber participado en alguna de estas tres delirantes escenas: ya sea en la botella quebrada que no termina de verterse, en los cuadros que no cesan de provocar nuevas interpretaciones de si mismos, o en esa cama cuyos cuerpos brotan y se quiebran sin dar mayores muestras de agotamiento.

Talvez, al estar exiliada de estos entornos, a ella solo le quedaba hacer lo que a mí: mirar.