CAMBIO DE TRENES
Metiéndose por la ventana, el crepúsculo vuelve tinto el blanco de una copa. La tomo con mis dedos y le doy una probada. Ya en mis labios y acaso lejos de su lugar en el cuadro, el licor termina sabiéndome a pared enladrillada o a árbol caído en llamas. De nuevo, la triste textura del agua sin el consuelo de la carne o las almejas. No pues, aunque casi. No desde hace días. Ni siquiera esta última vez. Menos esta noche que se te quiebra la cabeza. Una vez más, la página que se me desintegra en la búsqueda del átomo. Una vez más, y otro discurso que corto y corto con el hacha hasta que las capas de su cebolla se me hacen infinitas porque el hielo sobre el que patina siempre tuvo las raíces duras.
“Tampoco hay petróleo bajo las vías del tren”
Me dice la inquilina quien sigue sentada sobre sus maletas aun atontada por el largo viaje. Fuma tranquila en lo que ya es su nueva recámara. Ya le advertí sobre mi lugar favorito en la habitación. Dice que le gusta el campo, que cree que aquí hay algo parecido a la felicidad. A mi me basta con que no tenga demasiada sed. O que si la tiene, prefiera satisfacerla mirando estas copas. Ya se acostumbrará. Eso si. No le dije nada de los aparatchiks repartiendo dardos y billetes a los amados campesinos. Ni que los más aventajados ya compraron tractores ni que los otros tienen acciones en Shanghai. Esta vez, no me gastaré en explicaciones. Mejor que descubra todo por si sola. Mientras tanto, que Virgilio y sus ovejas se pudran en las revistas del corazón o en la propaganda del imperio. Total, Eneas era cojo y el Camarada Vronsky no existe.
“Déle la renta a la Delia, y aunque se lo ofrezca o se lo ruegue, no le pague con cigarrillos”
Son instrucciones simples, casi deseos de fusilado que ni los cuerpos sin sangre se negarían a complacerme. En el camino a la estación me pregunto si Anna, la inquilina, encontrará algo útil en mi ordenador. No le puse el seguro, así que talvez se espante con mi manejo de las finanzas. Quizás complete mis poemas frustrados y frecuente mis amistades en mi nombre. Esto del cambio de trenes permite demasiadas cosas. En todo caso, aquella copa ya me era inhabitable. Es tiempo de volver aquí, justo aquí, para recoger los huesos de sol que enterré bajo los rieles.
A ver Lev, tú dirás si soy más rápido que tu tren. Igual, bajo esta luna, esta noche le ladro a todo lo que se mueva. Y no me mires con esa cara de lastima que soy lo que ni tus hijos escribieron: el lobo de Pedro, el mismísimo Bulldozer de la dama sin perro.
Entonces la luz creció y sólo el sonido se detuvo en seco. Tras el último vagón, el ferrocarril le supo a tinto.
Música - Nina Simone Lilac wine